De cómo la revista “El Cárabo” empezó a publicarse en España

En 1981 los promotores de “Quercus” –los periodistas ambientales Benigno Varillas y Teresa Vicetto– concitaron alrededor de esa revista a los pioneros de la conservación de la naturaleza en España. De entre ellos, hubo dos, Jesús Garzón y Joaquín Araújo, que les convencieron de que, “ya puestos”, sumaran a la tarea emprendida la de editar en España “El Cárabo“.

Eran unos cuadernos de divulgación franceses que los expertos que estaban al loro y sabían francés, como Fernando González Bernáldez, Eladio Fernández

Fernando González Bernáldez, catedrático de Ecología de la Universidad Autónoma de Madrid, fue un seguidor de La Hulotte y luego del Cárabo.

Galiano o Joan Mayol, entre otros, como los referidos Suso y Quine, leían con fruicción.

La recomendaban y alababan como algo único, digno de ser propagado. Tras encasquetarnos  Joaquín Araújo la colección que tenía de los números de La Hulotte editados hasta aquel año de 1982, escribimos a su autor, Pierre Déom, pidiéndole permiso para traducirlos y publicarlos junto con la revista Quercus.

La Hulotte, que así se llama en francés, la empezó a editar su autor, el maestro de escuela y naturalista Pierre Déom, en 1972, como unas fotocopias para que sus alumnos se interesaran más por la asignatura de ciencias naturales que les tenía que explicar.

Foto: Pierre Deóm (izq.), autor de la Hulotte, visitado por Teresa Vicetto (dcha.) en Boult Aux Bois, 1990.

 

 

 

 

 

 

 

Cuando iba por el quinto taco de hojas grapadas que dibujaba y redactaba cada dos o tres meses, además de los 30 juegos de fotocopias que hacía para cada uno de sus alumnos, tenía que hacer ya otras 2.000 para otros tantos maestros de toda Francia que le pedían aquellas hojas didácticas para usarlas ellos también en clase. El coste era ya imposibe de sostener de su bolsillo, así que decidió ponerle un precio y anunciar la posibilidad de suscribirse a sus fotocopias.

Jean Dorst, científico de renombre internacional, afirmó en 1979 en esta carta que de las muchas revistas de la naturaleza que recibía, La Hulotte (El Cárabo) era la que leía entera.

Fue tal la demanda que se planteó elevar la calidad de los textos y los dibujos dedicándole todo su tiempoa esa labor. Pidió una excedencia y se fue a vivir a un pueblo de las Ardenas, alquilando una escuela ya en desuso como casa en la que vivir y estudio en el que trabajar, situada al lado del bosque y de la naturaleza que quería describir.

Cuando sacó el número de los halcones peregrinos le “descubrió” el diario Le Monde, de París, el más influyente y prestigioso de Europa en aquellos años, y le hizo un reportaje a doble página. A raíz de aquella promoción, 30.000 escuelas francesas se suscribieron a La Hulotte.

En la decada de 1980 la publicación alcanzó los 160.000 suscriptores. Un éxito editorial sin precedentes. Varias grandes editoriales, incluída Salvat en España, quisieron comprarles los derechos. A todos les dijo que no. Cuando se lo pidieron los fundadores de Quercus, contestó a cambio de una cosa: “que no cambiaran nunca su enfoque y forma de trabajar que veía reflejado en el espíritu de la revista Quercus de aquellos primeros años”.

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